Conoce a Yaoneenqueh, un Calpulli (“Casa Grande”) que practica y enseña danza prehispánica como una forma de defender nuestra identidad.

La Ciudad de México vive y reconoce sus tradiciones. Escenario de importantes capítulos de la historia del país, es también el hogar de comunidades que buscan preservar nuestra cultura prehispánica, un eje importante que aún sigue en pie a través de actividades como el temazcal, el uso de hierbas medicinales o la inclusión en la Constitución de la Ciudad de México a la población indígena de los barrios originarios.

De entre esos cientos de personas está Armando Simón García, conocido entre sus compañeros como Tonalcuicatl (“canto del Sol”), maestro guía de Yaoneenqueh, un Calpulli (“Casa Grande”) que practica y enseña danza prehispánica como una forma de defender nuestra identidad.

Proveniente de una comunidad de habla náhuatl, Tonalcuicatl decidió mostrar su cultura por medio de las actividades realizadas en el Calpulli que lidera, un sistema de organización muy común en la antigüedad que, para él, es “una manera consciente de saber que pertenecemos a una comunidad y a un país; de que nos hacemos responsables de la preservación de nuestra civilización”.

Instalado en el ala sur poniente del Monumento a la Revolución Méxicana en la colonia Tabacalera, los dos ejes de este Calpulli son la lengua (con clases de náhuatl) y la danza. Adicional a esto, Tonalcuicatl y su grupo de trabajo enseñan montañismo, siembra en el campo y el juego de pelota al público en general.

Aunque la danza es sólo una parte de su organización es la actividad destacada porque muestra el cuerpo y la capacidad de movimiento, elementos esenciales para el trabajo físico y la disciplina. La danza hace uso de la fuerza externa para trabajar la fuerza interna.

La próxima vez que te encuentres con un círculo de danza prehispánica en alguna plaza pública de la CDMX, observa y distingue los siguientes elementos esenciales descritos por Tonalcuicatl: 


Ixcualmecatl 

Es el paliacate, cinta o tira de piel con plumas que los danzantes se colocan en la cabeza como expresión de identidad. En la práctica da firmeza, seguridad y atención durante los movimientos. Otra versión proviene de la tradición rarámuri que dicta hacer un nudo simulando dos líneas verticales y dos horizontales para crear un Nahui Ollin (“Cuatro rumbos”); las dos puntas de la tela restantes son la dualidad, el principio básico de la existencia.

Faja 

El material más común es la manta y, en el caso de los hombres, sustituye al Maxtli (bragueros). En las mujeres es el acompañante del cueitl (falda o enagua) que, en la antigüedad, las protegía en actividades como la carga de objetos. Para Armando, el uso de la falda no significa una diferenciación, sino el complemento a la dualidad milenaria de nuestros pueblos. En la práctica, la faja aprieta la cintura, da firmeza y agilidad en los movimientos. Es una manera infalible de evitar accidentes en la columna. Desde la perspectiva mística, brinda protección a nuestro vientre y ombligo, un chacra del equilibrio interno. 

Ayoyotes

Son el diálogo con la Madre Tierra, además, emulan a la serpiente de cascabel. En la práctica sirven para el ritmo y la armonía con los sonidos del huéhuetl.

Huéhuetl (“El anciano”) 

Son los tambores que acompañan la danza. El nombre hace alusión a que su material proviene del tronco de árboles viejos y al convertirse en instrumento, perpetúan su existencia.

Ayacachtli 

Sonaja que también acompaña el ritmo de la danza. 

Bastones de mando

Lo sostiene la persona que rige la danza y lleva el movimiento del grupo. 

Vestimenta

Para Armando, es difícil señalar un código único de vestimenta en la danza. Hay desde tilmas que usaban los grandes señores o atuendos de algodón que usaban los guerreros Chimallis. Por lo general, está repleta de bordados que aluden al Tonalámatl (“Libro de los destinos”) asignado a la persona. Al final, la vestimenta señala lo que se es, la identidad y la esencia. 

Tlamanalli / Ofrenda/ Ombligo

Representa los cuatro elementos: la tierra en flores y frutas y en objetos que provienen de ella; el fuego con el sahumador; el agua en un tarro, y aire en el caracol. Se evita el uso de plásticos y metales aunque, al final, se acepta lo que los danzantes ofrecen. A la ofrenda se le añade el movimiento a través de la danza, el movimiento que genera la vida.

Para Tonalcuicatl es difícil saber si la danza es como la de los orígenes; sin embargo, no importa si son jóvenes, adultos, adultos mayores, niños o niñas: “sólo podemos garantizar una cosa: la gente que practica queda satisfecha, se siente mejor, descarga todo lo que le pasó durante el día”.


¿Qué se necesita para danzar?

Para ellos, practicar danza prehispánica necesita valor y, al mismo tiempo, el compromiso de darle el valor a cada elemento, un requisito que se añade al gusto por los retos: “necesitamos sacudirnos la pereza física y mental; nuestro país necesita gente pensante, ¿cómo lo obtenemos? Sabiendo quiénes somos, de dónde venimos…” 

Danza prehispánica Calpulli Yaoneenqueh. Monumento a la Revolución Mexicana. Plaza de la República s/n, Tabacalera. Sábados, 6 pm.